CIUDAD DE MÉXICO.- En el verano de 1942, la tranquilidad de la colonia Tacuba, en la Ciudad de México, se vio sacudida por uno de los casos criminales más impactantes del siglo XX en México: el descubrimiento de cuatro mujeres asesinadas y enterradas en el jardín de la casa de Gregorio “Goyo” Cárdenas.

Todo comenzó la mañana del 7 de septiembre, cuando Cristina Martínez y Elvira Velázquez de Peña, vecinas del joven químico, notaron algo extraño en su vivienda: un enjambre de moscas revoloteaba sobre el techo, junto a lo que parecía ser un zapato de mujer cubierto de lodo y un trozo de periódico manchado de rojo. Al observar con más detenimiento, descubrieron que el jardín, antes lleno de flores, había sido removido por completo. De la tierra sobresalía el cadáver de una mujer.

La víctima era Graciela Arias Ávalos, de 22 años, estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y exnovia de Cárdenas. Su desaparición había sido denunciada días antes por su padre, Manuel Arias Córdoba, quien ya sospechaba del joven debido a su comportamiento celoso y posesivo.

Según la confesión de Gregorio, el crimen ocurrió luego de que vio a Graciela mostrando afecto hacia otro hombre. La confrontó, discutieron y, tras recibir una cachetada, tomó una cuerda que llevaba en su automóvil y la estranguló. Más tarde confesó que pasó la noche abrazado al cadáver antes de enterrarlo en su jardín.

Sin embargo, Graciela no estaba sola. Durante las excavaciones, la policía encontró los cuerpos de otras tres mujeres: María de los Ángeles González, de apenas 16 años; una adolescente no identificada de aproximadamente 14 años; y Rosa Retes Quiroz, una madre de 33 años.

Cárdenas declaró que había conocido a las tres en la calle y que, tras sostener encuentros sexuales con ellas, experimentaba una repentina sensación de odio y repulsión que lo llevaba a asesinarlas. Todas fueron estranguladas y sepultadas en el mismo lugar.

El caso desató una enorme cobertura mediática. La prensa amarillista lo bautizó como “El Barba Azul de Tacuba” y “El Descuartizador de Tacuba”, mientras que a sus víctimas las redujeron al estigma de “las prostitutas”, invisibilizando sus historias personales.

Lo que más sorprendía era el perfil del asesino: no encajaba en el estereotipo criminal de la época. Gregorio era estudiante destacado de química en la UNAM, empleado de Petróleos Mexicanos y aparentaba llevar una vida normal. Sin embargo, posteriormente salieron a la luz antecedentes de violencia, celopatía extrema, crueldad hacia los animales y una denuncia previa por estupro.

Psiquiatras, criminólogos y especialistas se involucraron rápidamente en el caso. Alfonso Quiroz Cuarón, considerado el padre de la criminología mexicana, concluyó que padecía un trastorno mental severo que lo convertía en un delincuente altamente peligroso. Bajo esa premisa, fue enviado primero al Manicomio General de La Castañeda y luego al Palacio de Lecumberri.

En 1946 logró fugarse, pero fue recapturado y regresado a prisión, donde permaneció durante más de tres décadas.

Con el paso de los años, Gregorio Cárdenas se convirtió en una figura polémica. Mientras estuvo preso estudió Derecho en la UNAM, escribió libros, formó una familia y se volvió una especie de consejero legal para otros internos.

En 1976 recibió un indulto presidencial otorgado por el entonces mandatario Luis Echeverría. Su liberación fue presentada públicamente como una prueba de que el sistema penitenci mexicano podía rehabilitar incluso a los criminales más peligrosos, en medio del debate nacional sobre la pena de muerte.

Sin embargo, investigaciones posteriores señalaron que en realidad su liberación respondía a una irregularidad legal: la pena máxima permitida en México era de 30 años, y Gregorio ya había cumplido ese plazo desde 1972.

Más allá del crimen, su figura fue utilizada políticamente por el Estado para defender la imagen del sistema penitenciario y minimizar las críticas sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas en Lecumberri, especialmente tras la represión del movimiento estudiantil de 1968.

Gregorio “Goyo” Cárdenas murió en 1999, a los 84 años, dejando tras de sí uno de los episodios más oscuros y controvertidos de la historia criminal de México: el caso del asesino serial que pasó de feminicida a símbolo de propaganda institucional.

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