Durante años fue agente de inteligencia de la Unión Soviética, trabajó en la ONU y participó en operaciones secretas en Estados Unidos. Más tarde alcanzó fama internacional como escultora, llegando incluso a retratar a líderes mundiales como Margaret Thatcher, Charles de Gaulle y John F. Kennedy.
Moscú.— La historia de Elena Alexándrovna Kósova parece sacada de una novela de espionaje. Reconocida internacionalmente como escultora y autora de decenas de retratos de figuras políticas e históricas, durante gran parte de su vida mantuvo en secreto una faceta desconocida para el público: fue una destacada agente de la inteligencia exterior soviética.
Su doble vida permaneció oculta durante décadas. Mientras sus obras eran exhibidas en museos de Rusia, Hungría y Francia, y personalidades como la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher recibían sus esculturas como obsequio, solo un reducido círculo conocía su pasado en los servicios de inteligencia de la extinta Unión Soviética.
Nacida en Moscú en 1925, Kósova creció en una familia vinculada al ámbito militar. Su padre fue oficial de guardia fronteriza, combatió durante la Segunda Guerra Mundial y alcanzó el rango de general.
Durante su juventud recibió entrenamiento como francotiradora y deseaba participar en el frente de combate. Sin embargo, el final de la guerra la llevó a tomar otro rumbo. Ingresó a la Escuela Superior del entonces Ministerio de Seguridad del Estado, donde estudió idiomas y conoció a quien sería su esposo, Nikolái Kósov, también agente de inteligencia.
Tras graduarse, Elena se incorporó al Departamento V del Comité de Información, organismo encargado de la inteligencia exterior soviética. En 1949 fue enviada a Estados Unidos junto con su marido bajo la cobertura de corresponsales de la agencia estatal TASS.

Su primera función oficial en territorio estadounidense fue como traductora en la misión soviética ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), convirtiéndose en una de las primeras mujeres soviéticas en desempeñar labores dentro del organismo internacional.
Sin embargo, su trabajo más importante se desarrollaba lejos de los reflectores. Bajo el seudónimo de “Anna”, Kósova realizaba tareas de inteligencia que incluían el manejo y traducción de mensajes secretos, reuniones con informantes extranjeros y la entrega de información confidencial.
De acuerdo con los registros históricos divulgados por el Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, también formó parte del equipo encabezado por Vladímir Barkovski, especializado en inteligencia científica y técnica relacionada con proyectos estratégicos para el desarrollo nuclear soviético.
Uno de los episodios más arriesgados de su carrera ocurrió en Estados Unidos, cuando recibió la misión de advertir a un agente soviético que estaba a punto de ser detenido por las autoridades estadounidenses. Según su propio testimonio, logró localizarlo en un parque y transmitirle las señales de alerta previamente acordadas, todo ello bajo la vigilancia de agentes del FBI.
Durante siete años, Elena y Nikolái Kósov desarrollaron actividades de inteligencia en territorio estadounidense. Sin embargo, la llegada de su primer hijo marcó un punto de inflexión en su vida.
Tras más de una década de servicio, decidió retirarse de las operaciones para dedicarse a su familia. Aunque nunca regresó formalmente al trabajo de inteligencia, continuó colaborando de manera indirecta con las actividades de su esposo durante misiones posteriores en Europa.
Fue precisamente durante una estancia en los Países Bajos cuando descubrió una habilidad que cambiaría por completo su destino: la escultura.
Años más tarde, ya instalada en Hungría, comenzó a desarrollar su talento artístico de manera profesional. Su primera obra de relevancia fue un retrato del poeta húngaro Sándor Petőfi, que recibió elogios de críticos y especialistas.
El reconocimiento llegó rápidamente. Kósova realizó seis exposiciones individuales en Hungría y posteriormente se formó durante cuatro años con el escultor húngaro Olcsai-Kiss Zoltán.
Su carrera artística terminó por consolidarse a nivel internacional. Produjo cerca de 60 esculturas y retratos de figuras históricas y políticas, entre ellas Leonid Brézhnev, Charles de Gaulle, John F. Kennedy y Margaret Thatcher.
La escultora fue admitida en 1984 como miembro de pleno derecho de la Unión de Artistas de Rusia y sus obras pasaron a formar parte de colecciones y museos en distintos países europeos.
Elena Kósova sobrevivió casi una década a su esposo. Falleció en febrero de 2014, a los 89 años, dejando tras de sí un legado singular que combinó dos mundos aparentemente opuestos: el espionaje internacional y el arte.
Su historia continúa siendo uno de los ejemplos más llamativos de cómo una agente secreta logró construir una segunda vida pública como artista reconocida, mientras guardaba en silencio algunos de los capítulos más delicados de la inteligencia soviética durante la Guerra Fría.


