Paraíso, Tabasco.– En la ranchería Moctezuma segunda sección, la vida de doña Dora Irma Pérez Jiménez dio un giro significativo gracias a su determinación y al respaldo de su hija Alondra, así como al acompañamiento del Instituto de Educación para Adultos de Tabasco (IEAT), institución que hizo posible que a sus 68 años aprendiera a leer y escribir.

Con una sonrisa que refleja orgullo y satisfacción, Dora Irma recuerda cómo surgió la iniciativa. Fue Alondra, su hija —profesionista en Ingeniería— quien insistió en acercarla al estudio y buscar opciones para que pudiera alfabetizarse. “Mi hija me decía que iba a buscar una maestra, ‘no se me queda’, decía yo”, relata, al reconocer que al principio sentía inseguridad y temor ante el reto.

Sin embargo, decidió intentarlo. “Pensé: sí puedo, sí voy a poder yo también”, afirma convencida.

Durante tres meses, asistió a asesorías tres días por semana, con sesiones de hora y media. Poco a poco fue descubriendo el mundo de las letras, ese que durante años sintió lejano. “Haz de cuenta que estamos ciegos, andamos pero no sabemos. Tenemos que pedir favores para que te lean un papel. Yo era de esas que cargaban un papelito con mi nombre; iba a hacer una firma y me decían que tenía que escribir todo mi nombre”, comparte.

Hoy su realidad es distinta. Dora Irma puede leer su Biblia, revisar mensajes en el celular y realizar trámites sin depender de terceros. Además, ya cursa la primaria, decidida a continuar su formación académica.

Su logro no solo representa una meta personal alcanzada, sino también un ejemplo para su familia y su comunidad. “Me siento contenta y así me gustaría que otras personas aprendieran, no importa que estén ya grandes o jóvenes”, exhorta a quienes aún dudan en dar ese paso.

La historia de Dora Irma demuestra que nunca es tarde para aprender y que, con voluntad y apoyo, la educación puede transformar vidas.

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