



Hipólito García
Viajar por carretera hacia el sureste de México en las décadas de los setenta y ochenta no era simplemente trasladarse de un punto a otro: era una experiencia completa, una travesía marcada por la paciencia, el asombro y la emoción de descubrir una región que aún conservaba intacta gran parte de su mística natural. Para quienes se dirigían a Campeche, Yucatán o Quintana Roo a bordo de los autobuses ADO, el trayecto formaba parte esencial del viaje.
Uno de los momentos más memorables ocurría al llegar a Ciudad del Carmen, Campeche, cuando todavía no existía el Puente Zacatal sobre la Laguna de Términos. En aquella época, la única forma de cruzar hacia la isla era a través del legendario transbordador, conocido popularmente como la Panga. Automóviles particulares, camiones de carga y los emblemáticos autobuses DINA Olímpico de ADO eran alineados cuidadosamente para abordar la enorme plataforma flotante que, con lentitud pero firmeza, avanzaba sobre las aguas de la laguna.
El cruce no era breve. Podía tomar entre 30 y 45 minutos, dependiendo de las condiciones climáticas y del tráfico acumulado. Para muchos pasajeros, ese tiempo se convertía en una pausa obligada que rompía la monotonía del camino. Algunos descendían del autobús para estirar las piernas; otros preferían observar desde las ventanillas el paisaje que se abría frente a ellos: un vasto espejo de agua salpicado de aves marinas, manglares y, en ocasiones, pequeñas embarcaciones pesqueras.
Pero lo que verdaderamente quedaba grabado en la memoria de quienes vivieron esa experiencia era el inesperado espectáculo de los delfines. No eran raras las ocasiones en que estos cetáceos acompañaban al transbordador, saltando junto a la embarcación como si escoltaran a los viajeros. Para niños y adultos, ese momento se transformaba en un recuerdo imborrable, una escena casi mágica que reforzaba la sensación de aventura y conexión con la naturaleza.
Los autobuses de ADO en aquellos años también formaban parte del encanto. Los DINA Olímpico, robustos y confiables, recorrían largas distancias por carreteras que aún no contaban con la infraestructura actual. Los trayectos eran extensos, calurosos y, en ocasiones, accidentados, pero también estaban llenos de historias compartidas entre pasajeros. Era común entablar conversaciones con desconocidos, intercambiar alimentos, escuchar relatos de pescadores, comerciantes o familias que viajaban por motivos laborales, de estudio o simplemente para visitar a sus seres queridos.
El sureste mexicano vivía entonces una etapa de transformación. Cancún apenas comenzaba a consolidarse como destino turístico; muchas comunidades permanecían aisladas y dependían del transporte terrestre y fluvial para comunicarse. En varios estados de la región, el uso de transbordadores para cruzar ríos, lagunas y cuerpos de agua extensos era —y en algunos casos sigue siendo— una práctica cotidiana, reflejo de la geografía y de una forma de vida estrechamente ligada al entorno natural.
La llegada a “La Perla del Golfo de México”, como se conoce a Ciudad del Carmen, marcaba un punto clave del viaje. Desde ahí, el camino continuaba hacia otros destinos del sureste, atravesando selvas, pueblos y carreteras que ofrecían postales únicas. No había prisas. El viaje se asumía como parte del destino, y cada parada, cada cruce y cada paisaje sumaban valor a la experiencia.
Con la construcción del Puente Zacatal, inaugurado en 1994, el cruce en transbordador quedó atrás, dando paso a una nueva etapa de modernidad y rapidez. Sin embargo, para quienes vivieron aquellos años dorados del sureste mexicano, el recuerdo de viajar en ADO, cruzar la Laguna de Términos en la Panga y observar delfines en libertad permanece como un símbolo de una época en la que el viaje era tan importante como el lugar al que se llegaba.
Hoy, esas historias forman parte de la memoria colectiva de la región, testimonio de un tiempo en el que el sureste se recorría con calma, asombro y un profundo respeto por la naturaleza. Una época que, aunque ya no existe en la misma forma, sigue viva en las anécdotas de quienes tuvieron el privilegio de vivirla.


