Redacción | Reporteros del Sur

La Habana. — La asfixia petrolera impuesta contra Cuba durante la administración de Donald Trump impacta de manera directa y profunda en la vida cotidiana de toda la isla. No existe rincón del país donde no se sientan sus consecuencias. La política de “máxima presión” afecta la alimentación, la salud, la generación eléctrica, el transporte y las actividades productivas, dañando a toda la población.

Sin embargo, frente a las carencias y el dolor que provoca el desabastecimiento, el pueblo cubano exhibe una resistencia que hunde sus raíces en la historia. Para quienes desconocen ese pasado, la resiliencia puede resultar desconcertante; para los cubanos, es parte de su identidad. Una nación que, como Numancia en el año 133 antes de Cristo, se niega a rendirse.

En La Habana, la crisis energética se refleja con claridad en el transporte. Las guaguas, principal sistema de movilidad colectiva, dejaron de circular por falta de combustible. Ante la situación, los ciudadanos caminan largas distancias, utilizan motocicletas o recurren a pequeños vehículos eléctricos que cubren rutas alternativas. En los paraderos, la espera es larga, pero predomina la paciencia.

La escasez de gasolina también se evidencia en las estaciones de servicio, donde se forman extensas filas de automóviles. Aun así, no se perciben escenas de desesperación. Los choferes conversan mientras aguardan su turno. Los viajes interprovinciales o incluso a zonas cercanas se han vuelto difíciles, pero la vida cotidiana continúa.

La contingencia ha obligado a suspender actividades que requieren transportación. En centros laborales se evalúa qué tareas pueden realizarse de manera remota, mientras que en las universidades se buscan alternativas. La Universidad de La Habana, por ejemplo, extendió la modalidad semipresencial a todas las carreras y analiza qué actividades requieren presencia física.

El impacto alcanza también al sistema eléctrico. Aunque el gobierno trabajó durante el último año en la recuperación de la red de transmisión, la falta de petróleo limita la generación. Se priorizan sectores económicos clave como el riego y las entidades productivas, lo que deriva en apagones frecuentes en los hogares. En muchos casos, la electricidad solo está disponible unas pocas horas al día, obligando a reorganizar rutinas domésticas. Algunos cocinan con antelación; otros recurren al carbón o la leña. No es raro ver a los habaneros salir a la calle con linternas de mano.

Este escenario no es nuevo para Cuba. Desde el triunfo de la Revolución en 1959, la isla ha enfrentado momentos de extrema dificultad. La caída del campo socialista y de la Unión Soviética a inicios de los años 90 sumió al país en una profunda crisis conocida como el “Período Especial”. Muchos auguraron entonces el colapso del proyecto socialista, pero Cuba resistió.

Esa resistencia fue definida por Fidel Castro en 1990, cuando recordó una conversación con líderes internacionales que le aconsejaban abandonar la estrategia de confrontación. “Preferimos Sagunto y Numancia a ser esclavos”, afirmó el líder cubano, reivindicando la resistencia como única opción frente a la presión imperial.

Hoy, esa tradición se expresa en nuevas generaciones. Amalia Díaz, estudiante de Filosofía de 20 años, sostiene que el sacrificio de 32 cubanos muertos en Venezuela reforzó la conciencia antimperialista del país. “Somos un pueblo capaz de resistir”, afirma. “Trump no nos va a poder robar nuestro futuro”.

El escritor Omar González, referente de la cultura cubana y miembro de la Red en Defensa de la Humanidad, coincide en la metáfora de Numancia, aunque introduce una diferencia clave: “No nos vamos a suicidar. Nosotros vamos a ganar”.

En medio de la escasez y las dificultades, Cuba continúa adaptándose. La resistencia, más que una consigna, se manifiesta en los gestos cotidianos de una población que, una vez más, decide seguir adelante.

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