Del poder absoluto en el Senado al trabajo territorial: el derrumbe de Adán Augusto López Hernández marca un punto de inflexión para Morena y para el proyecto político de Claudia Sheinbaum.
Redacción | Reporteros del Sur
Durante años, Adán Augusto López Hernández fue considerado uno de los hombres más poderosos del obradorismo. Gobernador de Tabasco, secretario de Gobernación, operador político clave y finalmente coordinador del grupo parlamentario de Morena en el Senado, su trayectoria parecía blindada frente a cualquier embate. Hoy, ese blindaje se ha roto.
El desplome político de López Hernández no ocurrió de un día para otro. Se gestó desde que salió a la luz el vínculo entre su amigo y colaborador de décadas, Hernán Bermúdez Requena, y el grupo criminal La Barredora, organización dedicada al secuestro, la extorsión, el robo de combustible y la delincuencia organizada en Tabasco. Bermúdez, a quien Adán Augusto nombró secretario de Seguridad Ciudadana cuando fue gobernador, huyó del país hace un año y fue capturado en septiembre en Paraguay. Actualmente se encuentra recluido en el Penal de Alta Seguridad del Altiplano.
Una responsabilidad política ineludible
López Hernández ha insistido en que nunca tuvo conocimiento de las actividades criminales de Bermúdez Requena. Sin embargo, en términos políticos, su responsabilidad resulta imposible de eludir. Nadie lo obligó a colocar la seguridad de los tabasqueños en manos de un personaje con un largo historial de vínculos con gobiernos priistas y prácticas que el propio movimiento de la Cuarta Transformación dice combatir.
Durante más de tres décadas, Adán Augusto y Bermúdez ascendieron juntos, primero en el PRI y después en Morena. Compartieron cargos, lealtades y poder. También comparten ahora el descrédito. La caída del exsecretario de Gobernación es, en buena medida, consecuencia directa de sus propias decisiones.
La renuncia que confirma la derrota
El domingo 1 de febrero, al inicio del periodo ordinario de sesiones, López Hernández renunció a la coordinación del grupo parlamentario de Morena y a la presidencia de la Junta de Coordinación Política del Senado. Anunció que no solicitará licencia como legislador y que se dedicará al “trabajo territorial” del partido, una explicación que, lejos de fortalecer su posición, evidenció la magnitud de su derrota.
Aunque su sucesor, Ignacio Mier, es un político cercano a él y mantendrá buena parte del equipo administrativo y político que dejó en el Senado, el simple relevo en la conducción de la mayoría legislativa envía un mensaje claro: Morena necesitaba un gesto de distanciamiento.
Sheinbaum, el Senado y el control del proyecto
La llegada de Mier representa, al menos en lo simbólico, una señal de alineamiento con la presidenta Claudia Sheinbaum y con la agenda legislativa de su gobierno. A diferencia de la etapa anterior, marcada por un proyecto personal y faccioso, se busca recuperar la interlocución con la oposición y reducir el desgaste político en un momento clave: la discusión de la reforma electoral y otras prioridades presidenciales.
Para Morena, el problema ya no es solo Adán Augusto como individuo, sino lo que representa. Su cercanía con un capo de La Barredora lo convierte en un pasivo político que daña la imagen del partido en cualquier territorio donde intente operar, incluso sin enfrentar cargos penales.
Un lastre rumbo a las elecciones
Pese a su desgaste, López Hernández ha comenzado a recorrer estados como Chihuahua y Baja California para impulsar a aspirantes como Andrea Chávez y Julieta Ramírez, quienes, paradójicamente, tienen fuerza propia para competir sin su padrinazgo. Su presencia, lejos de sumar, amenaza con convertirse en un factor de riesgo electoral.
En un año decisivo, con 17 gubernaturas en juego y la renovación de la Cámara de Diputados como eje para la segunda mitad del sexenio, Morena no puede permitirse figuras que arrastren escándalos de esta magnitud.
No era intocable
La salida de Adán Augusto del liderazgo en el Senado coincide con otros movimientos que desmienten el mito de los “intocables” dentro de la Cuarta Transformación. Ni la supuesta deuda política de Sheinbaum ni una presunta protección de López Obrador fueron suficientes para sostenerlo. Si hubo diálogo, quedó claro que no hubo respaldo.
Las versiones que atribuyen su caída a presiones externas, a Donald Trump o a supuestas rupturas entre la presidenta y el expresidente, parecen más bien intentos de evadir una realidad más simple: el derrumbe fue interno y autoinfligido.
Un político herido, no enterrado
Adán Augusto López Hernández está políticamente maltrecho. Su grupo se ha reducido, su influencia se ha debilitado y su nombre se ha convertido en sinónimo de desgaste. Pero en política mexicana, la muerte definitiva solo llega cuando ya no queda margen de maniobra.
Por ahora, su caída funciona como una advertencia dentro del movimiento: el poder no es eterno, y los costos de las decisiones mal tomadas, tarde o temprano, se cobran.


